Asesinato de agentes del CNI en Iraq

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Zigor
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Re: Asesinato de agentes del CNI en Iraq

Mensaje por Zigor » 01 Ene 2015 19:54

me refería a lo de ser "políticamente incorrecto" en la transmisión de opiniones, lo que se venía llamando así, que creo que ese concpeto está cambiando también en el país, y mucho. Saludos y buen año
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paloalto
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Re: Asesinato de agentes del CNI en Iraq

Mensaje por paloalto » 02 Ene 2015 16:30

"me da exactamente igual todo, incluso el dinero, porque como ves me meto especialmente con los poderosos y con los que tienen dinero, así que todos podemos esperar que sea el último tipo de este foro a quien alguien quiera untar de pasta para nada."
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kilo009
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Re: Asesinato de agentes del CNI en Iraq

Mensaje por kilo009 » 04 Oct 2015 21:47

Creo que este no lo teníamos:
CARLOS BARÓ. EL ESPÍA NOVIO DE LA MUERTE
28 / 11 / 2013 11:26

Imagen

Un gran agente operativo. Baró (segundo por la izquierda), durante su estancia en Irak, junto a su compañero Alfonso Vega (primero de la derecha).
El comandante Carlos Baró Ollero era un apasionado de la Legión y de su himno El novio de la muerte. También era un fan incondicional de Joaquín Sabina y de todas sus canciones pecadoras. Carlos y sus siete compañeros del CNI fueron atacados en Irak por un número superior de enemigos, con armas de larga distancia, entre ellas un lanzagranadas, ante las que no tenían nada que hacer al portar solo pistolas y un fusil. Cercados, Baró llegó a ese punto límite que separa una actuación militar razonable de una heroica.

Tomó el mando tras ser acribillado a balazos Martínez, el jefe natural, impartió rápidas órdenes desplegando por el terreno a sus compañeros vivos, telefoneó a sus mandos para pedir ayuda, se lanzó al suelo y no paró de disparar contra los enemigos. Murió luchando, defendiendo la posición más adelantada. En ningún momento pensó en la huida dejando atrás a los heridos. Uno de sus compañeros militares, de alias Peserice, describe sus últimos momento en su blog Desde mi embarrada trinchera en Empel: “Carlos murió como quería, como un auténtico soldado y no con el cuerpo arrugado por los años con una sonda metida en el culo y mirando, si es que pudiese ver, el techo de un hospital”.

Baró consiguió las dos estrellas de seis puntas de teniente en 1991. Nunca pensó en llevar una carrera tranquila, sino que soñó con desempeñar las más peligrosas misiones de combate. Se hizo paracaidista y de operaciones especiales, y consiguió ser destinado a La Legión.

Los momentos que más unen a los militares son los que pasan en circunstancias extremas. Así lo cuenta el citado amigo: “A mediados de los noventa tuve el honor de convivir once intensos meses con Carlos en el Curso de Operaciones Especiales: yo, teniente recién salido de la academia; él, casi capitán destinado en La Legión. Dicen que el curso envejece tres años al que lo realiza. Carlos, Goliardo, su nombre de guerra, estaba llamado para algo grande. Excepcional en el plano físico e intelectual, respiraba liderazgo y virtudes militares. Era, para muchos de nosotros, el teniente que queríamos llegar a ser. Un perro de la guerra de los que te gusta tener cerca cuando vienen mal dadas”.

En octubre de 1998 entró en la División de Acción Operativa del entonces Cesid. Trabajar diariamente con la tensión que conlleva la labor del espionaje era sin duda un gran estímulo para él. Esas personas que llegan con una formación tan alta son las que busca cualquier agencia de espionaje. En 2003 pidió una de las plazas que se habían convocado en el CNI para prestar servicio en Irak, con la misión de proteger a las tropas españolas. Él mismo resumió su trabajo en Irak en una carta dirigida a sus más íntimos el 6 de octubre: “Querida familia: aquí todo sigue normal, es decir, todo lo normal que puede ser la vida de un espía en Irak. Lo recordaré como el año que comí arroz con pollo unos días y pollo con arroz otros, que compré un taxi de 1979, perseguí espías del legendario y temible servicio secreto Mujabarat, compré voluntades entre los jeques de una tribu, hice fotografías a los miembros de Al Qaeda desde mi taxi cuando salían de la mezquita, me entrevisté clandestinamente con líderes chiítas radicales, traté con traficantes de armas, asesinos a sueldo, recorrí Bagdad a ritmo de Sabina, compré un coche de los fedayines de Sadam con varias matrículas, me confeccioné la documentación de mi propio coche, desayuné higaditos de pollo con huevos duros y pan, bebí cerveza camuflada en lata de refresco, fotografié casas seguras de leales al régimen desde un helicóptero, vestí como un árabe, conduje peligrosamente y sin matrículas, merendé dátiles con Coca Cola, viví a 57ºC, bebí cinco litros de agua al día sin mear ni gota, aprendí lo importante que es tener electricidad, viajé siempre con las armas preparadas...”.

Sabina escribe a Baracoa.

Su estancia en la tierra que perteneció a Husein fue intensa y se vio truncada el 29 de noviembre por el atentado que le costó la vida junto a otros seis compañeros. En Madrid, Carlos tuvo dos funerales bien distintos. El primero, compartido con los agentes asesinados, fue de carácter civil, en la sede del CNI. El segundo, con su familia y amigos, de carácter más castrense. Sus amigos cantaron El novio de la muerte, el himno de la Legión.

El acto final todavía no había llegado. Carlos le había pedido a su hermano que si algún día le pasaba algo quería que sus cenizas fueran esparcidas por sus compañeros paracaidistas, con los que frecuentemente quedaba para saltar en las afueras de Madrid. Su hermano les pidió ser él quien abriera la urna a cientos de metros de altura, para lo que saltó en un avión agarrado por uno de sus incondicionales amigos.

Fue su última voluntad, a la que tiempo después le siguió un homenaje que le habría encantado. Su admirado Joaquín Sabina le hizo una poesía que incluyó en su libro A vuelta de correo: “Mi hermano Carlos –escribe el cantautor– tenía, como todos los agentes secretos, un nombre en clave: Baracoa. La familia me ha autorizado a rimarlo, pero no a leer su diario. Estoy hablando de tres generaciones de agentes especiales que sabían que una tumba anónima era mejor que una estatua […] Maldita guerra de Irak”.

COMENTARIOS

Por: El valenciano 2°remplazo del 92 17/03/2015 1:41
Tuve la suerte y estoy orgulloso de haber recibido la instrucción de mi teniente Baro,al mando del Capitán Ridao Cano en 1992 "LEVANTAOS GOLIARDOS " Esa era su frase tipica grande el teniente D.E.P siempre estarás en mi recuerdo."VIVA LA LEGIÓN" .

Por: Caballero Legionario Paracaidista de la 12 cia, III Bandera Paracaidista (Ortiz de Zarate) 28/02/2015 22:15
Un padre al mando de la 12 cia. que formo a una serie de "trozos de carne con orejas" en todo unos hombres, compañeros,amigos y hermanos, la mayoria,a dia de hoy, al servicio de la patria, en los puestos mas avanzados y dispuestos a cumplir con exito la mision que "El Goliardo" nos encomendo. Sobre nosotros,Dios. En nosotros, el honor. Triunfar o morir. Caidos paracaidistas: con nosotros.

Por: de oso 03/03/2014 21:45
¡DESPERTA FERRO!....baracoa, goliardo...llamemos como llamemos a este excelente hombre siempre estará en mi recuerdo, los momentos vividos y el sufrimiento a sus ordenes. Siempre el primero, siempre jefe de sus soldados...aqui o allá siempre a sus ordenes....oso nunca le olvidara mi capitán.

Por: Un caballero legionario paracaidista 02/12/2013 19:48
Sus Goliardos de la 12 Cia paracaidista nunca le olvidaremos. Hasta la muerte.

Por: David Esteve 02/12/2013 1:05
D.E.P Carlos Baro fue el mando mas potente que conocí en toda mi vida. Fue teniente mio en el tercio gran capitan en melilla 1992
http://www.tiempodehoy.com/espana/carlo ... -la-muerte
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kidon22
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Re: Asesinato de agentes del CNI en Iraq

Mensaje por kidon22 » 29 Nov 2018 12:54

Tal dia como hoy caían asesinados los agentes de CNI.

intelcendu
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Re: Asesinato de agentes del CNI en Iraq

Mensaje por intelcendu » 16 Dic 2018 19:20

https://www.abc.es/espana/abci-agente-c ... ticia.html

Un agente del CNI caído en Irak: «¡Madre, nos están matando!»

La madre del comandante Baró, uno de los siete agentes del CNI muertos en Irak, recibió una angustiosa llamada de auxilio de su hijo desde Latifiya, en plena emboscada. Fue hace ahora 15 años. ABC reconstruye los hechos y revela, con fuentes de Inteligencia, los errores que se pudieron cometer entonces y las lecciones aprendidas de la tragedia

«Maldito el país que no honra a sus héroes», reflexiona en voz alta un hombre que se ha jugado literalmente el pellejo muchas veces por defender el Estado de Derecho; «la nación no puede olvidar a los hijos que dieron su vida por ella», añade un veterano de los servicios de Inteligencia con experiencia en misiones en el exterior. Se han cumplido quince años de la emboscada de Latifiya (Irak) en la que murieron siete de los mejores agentes del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y el aniversario ha pasado inadvertido.

Carlos Baró Ollero, comandante de Infantería; Alberto Martínez González, comandante de Caballería; Alfonso Vega Calvo, brigada de Infantería; Luis Ignacio Zanón Tarazona, sargento primero del Cuerpo de Telegrafistas del Ejército del Aire; José Lucas Egea, brigada de Caballería; José Ramón Merino Olivera, comandante de Infantería y José Carlos Rodríguez Pérez, comandante de Infantería. Nombres y apellidos de la peor tragedia sufrida por los servicios de Inteligencia españoles. El suboficial José Manuel Sánchez Riera fue el único superviviente. ¿Se pudo evitar aquello?

Hay que situarse en 2003, cuando el Gobierno de José María Aznar decide unirse a la Fuerza Multinacional en Irak que intentaba imponer la paz en un país sumido en la anarquía tras la caída de Sadam Husein. Fueron enviados 1.300 militares, que se integraron en la Brigada Multinacional Plus Ultra, liderada por nuestro país. En Bagdad trabajaba una «antena» del CNI, con dos agentes permanentes, pero se decidió enviar a cuatro más, para cubrir Nayaf y Diwaniya, donde se había desplegado nuestro Ejército. La misión militar, según se insistía desde el Ejecutivo, era «dar estabilidad y seguridad» a esas zonas. Fue el primer error fatal, porque en realidad íbamos a una auténtica guerra...

Los agentes de Inteligencia debían, por una parte, obtener información para garantizar la seguridad de nuestras tropas, y por otra dar cuenta a Madrid de la marcha de los proyectos en los que participaba España en ese país.

Con la perspectiva del tiempo, el segundo error fue de origen, tanto de las Fuerzas Armadas como de los servicios de Inteligencia. Las primeras llegaron con el «síndrome de Bosnia», fruto de su experiencia en la antigua Yugoslavia, donde hicieron un trabajo de interposición y de mantenimiento de la paz, imposible entonces en un país como Irak; los segundos, con el «síndrome del País Vasco»y su idea de mantener los mismos protocolos que seguían allí y en el sur de Francia.

Los agentes del CNI, todos de la División de Apoyo Operativo (DAO), la élite del servicio, fueron con la idea de «montar un piso fuera de la base, pasar inadvertidos e ir introduciéndose luego en la sociedad iraquí para captar información. Lo de siempre. Muy pronto se dieron cuenta de que aquella forma de actuar era imposible en Irak, y se resignaron a instalarse en el cuartel general de los españoles en Nayaf y Diwaniya. Su rutina, a partir de ese momento, era salir del cuartel temprano, regresar sobre las cinco y a esa hora comenzar a redactar sus informes de Inteligencia, que acababan en Presidencia del Gobierno.
Error de lectura

El tercer error fue no hacer una lectura correcta del asesinato que se produjo el 9 de octubre -un mes y 20 días antes de la emboscada de Latifiya- del también agente del CNI José Antonio Bernal, sargento primero del Ejército del Aire destinado en Bagdad de forma permanente. Fue en su casa del barrio bagdadí de Al Mansur, cerca de la Embajada española. Un individuo llamó a su puerta, él la abrió confiado y antes de que pudiera reaccionar recibió un balazo en la cabeza... Bernal estaba destinado en la capital de Irak, tenía buenas relaciones con los servicios de inteligencia de Sadam Husein y había conseguido fuentes propias. «Probablemente bajó la guardia -señalan las fuentes de Inteligencia consultadas- y desde luego estaba marcado. El CNI debió comprender que aquello era un castigo por la posición española en Irak y actuar en consecuencia, pero se interpretó mal».

Tras una primera etapa de toma de contacto en Irak, el comandante de Infantería y agente del servicio de Inteligencia Carlos Baró, destinado en Diwaniya, comenzó a enviar informes a Madrid en los que exponía que los servicios españoles tenían que dejar de trabajar conforme estaban acostumbrados en otros escenarios y era necesario hacer equipos conjuntos con los militares de Operaciones Especiales que se encargaran de su seguridad. Sabía de lo que hablaba porque él mismo tenía esa especialidad, y además reforzaba su tesis con una realidad palpable: el MI-6 británico actuaba con ese protocolo.

De hecho, Baró comenzó a actuar con ese paraguas que le proporcionaban sus compañeros de Operaciones Especiales -a una de ellas corresponde la fotografía inédita con un jeque iraquí y su familia-, pero aun así insistía en reclamar a sus superiores vehículos blindados para él y sus compañeros, independientemente del apoyo militar que pudieran recibir.

Hasta la emboscada de Latifiya, los agentes del CNI se desplazaban a bordo de todoterrenos que alquilaban en Kuwait, por tanto fácilmente reconocibles como extranjeros por los iraquíes. Por si fuera poco, el blindaje de los vehículos brillaba por su ausencia.

En esas condiciones de trabajo se iba a producir el relevo del primer equipo del CNI desplazado a la zona. El 29 de diciembre ocho espías españoles -los cuatro del primer contingente y otros tantos que los iban a sustituir en pocas horas- habían empleado la mañana en recorrer algunas de las instalaciones de la coalición internacional en Bagdad. Formaba parte del viaje de reconocimiento previo del terreno en el que los veteranos instruían a sus compañeros de las particularidades de la misión. A las 14.30 (hora local) deciden emprender viaje de regreso a las bases de Diwaniya y Nayaf.

El viaje era problemático, y aunque en principio dos todoterrenos de un país extranjero juntos y ocupados por cuatro personas cada uno podían llamar mucho la atención -sin contar con el hecho de que en caso de ataque todos podrían caer bajo fuego enemigo- decidieron emprender el viaje a la vez y por la misma ruta, la Jackson.

Tampoco se tomó la precaución de tener concertadas comunicaciones con las tropas de la coalición internacional que estuvieran más cerca de cada punto intermedio, de modo que ante cualquier problema su capacidad de respuesta fuera inmediata. Apenas contaba cada coche con un teléfono vía satélite para comunicar incidencias. Por supuesto, no se previó que un convoy militar de Operaciones Especiales custodiara la caravana, y el armamento del que disponían los agentes, pistolas ametralladoras, era insuficiente para repeler un ataque de envergadura...
Hasta la última gota...

A las 15.22 se desató el infierno. Un Cadillac blanco, con información de primera mano -hubo una delación- se coloca detrás de los todoterrenos de los agentes y sus ocupantes comenzaron a disparar con Kalashnikov. Los dos conductores resultaron muertos casi en el acto, pero el brigada Alfonso Vega, conductor de Baró, aún tuvo fuerzas para detener el vehículo en zona segura. Segundos después, murió.

A partir de ahí, el infierno. La crónica completa -y el resultado- es ya conocida, pero hay detalles que estremecen. Baró no es capaz de hablar con Base España; lo hace dos veces con el CNI. Consigue localizar a su madre: «Nos están matando», le dice. En ninguna comunicación puede transmitir sus coordenadas. El mismo Baró es el que ordena al único superviviente, el sargento primero Sánchez, que se fuese de allí para buscar ayuda. Sale vivo de milagro, por el gesto de un notable que le dio un beso y pudo escapar en un vehículo. Baró pudo ponerse a salvo, pero no quiso. Al día siguiente, alrededor de su cadáver se encontraron decenas de casquillos; su cuerpo tenía numerosos impactos. Habían luchado hasta el final. Derramaron hasta la última gota de su sangre. Lo habían jurado, y lo cumplieron.

Confidentes pasados a cuchillo

La emboscada de Latifiya provocó en el Gobierno la reacción contraria a la lógica: en lugar de responder al enemigo, se ordenó el repliegue de los militares en sus bases, lanzando un mensaje de miedo que fue captado por los iraquíes. Un detalle: al día siguiente EE.UU. ofreció al Ejército acompañar a sus tropas en Latifiya... Se prohibió esa misión. A partir de enconces, nuestras fuerzas fueron hostigadas sin descanso y sin que hubiera reacciones contundentes. La posterior retirada de las tropas, tras la matanza del 11-M, no solo dio una imagen letal de nuestro país ante sus aliados, sino que además supuso un abandono de muchos de los confidentes que nos habían ayudado. Fueron pasados a cuchillo tras ser abandonados por los españoles. Los servicios de Inteligencia, por su parte, modificaron sus protocolos y en las misiones en el exterior los agentes trabajaron en equipos conjuntos con el Ejército, los EBOE, siendo los militares de Operaciones Especiales los que garantizaban su seguridad. Así fue hasta 2013, cuando el relevo del CNI lo ha tomado el Cifas (Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armdas), que despliega a su hombres en las zona de conflicto donde opera España.

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