Cataluña en la Unión Europea
Carles Boix
Profesor de Ciencia Política
Universidad de Chicago
La adhesión robusta, casi incondicional, de la opinión pública catalana al proyecto de integración europea se apoya en razones históricas profundas. Desde Cataluña se ve la formación de un espacio político a escala continental como la garantía más sólida para sostener nuestra autonomía política. La Unión Europea se entiende como un medio para introducir un contrapeso al Estado español y reequilibrar así la distribución de fuerzas, de por sí nada simétricas, entre Cataluña y el resto de la Península. Más aún, el catalanismo suele presentar a Europa como el medio para disolver el Estado central de manera menos costosa posible, sin necesidad de experimentar los choques brutales y los momentos agónicos sufridos, como mínimo, desde 1640.
Nada parece indicar, no obstante, que este sueño europeísta de Cataluña, consistente en esperar que nuestro país recupere su autogobierno entre un conjunto de unidades europeas similares en tamaño y capacidad política, vaya camino de cumplirse.
Por razones lógicas que tienen que ver con el principio de asegurarse la máxima cuota de poder posible en el seno de la Unión frente a otros Estados miembros, ningún Estado europeo está dispuesto a ceder protagonismo político a sus unidades regionales. De hecho, los Estados se han valido de la Unión Europea, de un tiempo a esta parte, para intentar reapropriarse del terreno que en algún momento cedieron a poderes subestatales. La referencia constante a un proceso de armonización europeo equivale, en múltiples ocasiones, a trasladar competencias compartidas con las autonomías a Bruselas. La diferencia esencial es que, mientras el Estado central tiene poder de veto sobre dichas competencias, las comunidades autónomas no tienen ningún mecanismo de control real sobre las decisiones europeas.
Ante estas circunstancias, Cataluña necesita plantearse cómo estructurar su relación con Europa si no quiere ver ahogada su autonomía. La solución pasa por introducir dos reformas institucionales. A corto plazo, debe establecer un mecanismo de control directo sobre el Estado central. A largo plazo, ha de lograr un sistema que "constitucionalize" el encaje de Cataluña en la Unión Europea.
Para controlar al ejecutivo español e influir en Bruselas, se suele proponer la aplicación de los modelos modelos alemán y belga. En ambos casos, representantes regionales participan direcatmente en el Consejo de Ministros europeo (y órganos subordinados), en calidad de enviados de las regiones o incluso en nombre del Estado central.
Esta solución no beneficiaría, sin embargo, a Cataluña. El modelo de representación regional se adecúa bien a las necesidades de Bélgica. Sus dos comunidades, flamenca y valona, con un peso demográfico similar, pueden coordinar fácilmente sus intereses frente a las instituciones europeas y controlar las decisiones tomadas por el ministro regional de turno. Con un Estado como el español, con diecisiete autonomías, esa facilidad de coordinación y de balance de poder desaparece por completo. Debemos dar la razón a los políticos estatales que se oponen a su aplicación por impracticable. Es más, esa solución perjudicaría sustancialmente a Cataluña, al ponerla al nivel de autonomías con competencias menores y al reforzar, ahora a nivel extrapeninsular, la vieja idea del ”café para todos”.
En Alemania, con dieciséis estados, éstos tienen ”derecho a opinar” en materias compartidas con el gobierno federal y el senado puede nombrar a un ministro regional como representante en Bruselas. No obstante, las semejanzas con el caso español no van más allá del número, similar, de autonomías. El senado español es débil. Y, ante todo, Alemania no acoge en su seno el tipo de ”nacionalidades históricas” que expresamente reconoce la Constitución española.
La pluralidad nacional española exige una solución diferente: un mecanismo de control directo sobre la política europea del gobierno central, tal como procede con una materia que afecta al corazón del pacto constitucional que se firmó hace veinticinco años. En este sentido, Dinamarca nos ofrece el camino a seguir. El parlamento danés cuenta con una comisión de asuntos europeos que representa a todas las fuerzas parlamentarias y que tiene la tarea de aprobar el mandato del ministro que representa a Dinamarca en la Unión Europea. El modelo danés sólo necesita una modificación. Dada la heterogeneidad de regiones y naciones que conviven en la Península, la comisión de control española debería estructurarse a semejanza de la ponencia que redactó la constitución de 1977: con una presencia reforzada de comunidades históricas como Cataluña.
Aunque el establecimiento de un sistema de control directo sería un logro importante, a medio plazo Cataluña debe plantearse seriamente qué tipo de encaje quiere para Europa y qué papel quiere jugar en la construcción europea. Dado que Europa no se ”regionalizará” nunca al estilo de lo que ha ocurrido en España (y, menos aún, se ”municipalizará” en la línea pregonada por la izquierda catalana), Cataluña debe decidir si quiere mantener su rango de región, a merced de decisiones que se cuecen en otras partes, o aspira a más.
Y, si aspira a más, necesita concretar cómo hacerlo, de forma que ese ”más” sea compatible con (y de hecho potencie) el proyecto europeo. La consecución de un reconocimiento político que supere la dimensión regional y que refuerce la presencia en Europa pasa por dos condiciones. Primero, Cataluña debe continuar apostando por la federalización y la constitucionalización de Europa, que se supone constituyen el objetivo de la convención europea en marcha. Segundo, la adhesión al proyecto europeo debe venir condicionada a la obtención de una cláusula de salvaguarda al estilo de la que existe en la constitución suiza. En la Confederación Helvética, que paradójicamente pocos señalan como el mejor ejemplo a seguir para Europa pese a sus muchas virtudes, la constitución regula explícitamente un procedimiento para modificar los cantones existentes, para crear aquellos nuevos que surjan de la voluntad popular, y para garantizar sus participación directa en los órganos de la federación. En suma, ”helvetizar” Europa tendría dos virtudes: permitiría racionalizar la ampliación de Europa hacia el Este; y abriría las puertas a que Cataluña obtuviese la máxima soberanía compatible con las exigencias de un mundo globalizado.
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Link de procedencia:
www.princeton.edu/~cboix/Catalunya%20en%20la%20UE.doc