Publicado: 31 May 2007 19:16
Judíos en Irán
«Hay que borrar a Israel del mapa». Con esta declaración de principios llegó el presidente Mahmoud Ahmadineyad al poder hace ya nueve meses. Esta amenaza, rescatada del baúl de los recuerdos del Imán Jomeini, no se ha cumplido por el momento, pero en Irán se han dado ciertos pasos para acentuar el enconamiento entre ambos países.
La celebración de un concurso de caricaturas sobre el Holocausto es el último escalón de la espiral de violencia entre los dos gigantes de Oriente Medio. En medio de la tormenta internacional, la comunidad de judíos de Irán vive con incertidumbre el día a día. Sus antepasados llegaron al país hace 2.700 años, antes que el Islam. Desde la revolución de 1979, sin embargo, su número ha ido descendiendo de manera vertiginosa y ahora quedan alrededor de 20.000 en todo el país, repartidos entre las ciudades Teherán, Isfahán y Shiraz. No obstante, antes de la caída del Shá eran 70.000.
Sinagogas
En Teherán hay una veintena de sinagogas. La principal es la del Bulevar Keshawarz, con una capacidad para acoger a 400 personas. Arash Abaie lleva quince años como encargado de la lectura de las sagradas escrituras en este centro y también dirige la revista ‘Bina’, que en hebreo significa «sabiduría» y en farsi «vidente». Nada desde la calle hace pensar que en el interior del edificio se encuentra un centro judío. No hay señales, carteles, ni policía custodiando su puerta.
Parece un portal más de Teherán, que permanece especialmente transitado la noche del viernes y los sábados, cuando los judíos celebran su día sagrado.
«La llegada del nuevo presidente no nos hace sentirnos cómodos. Declara que está contra los sionistas, no contra los judíos, pero esto no nos tranquiliza. Cada atentado nos duele, y ellos lo celebran y dedican murales a los suicidas palestinos en las mejores paredes de la ciudad. No es fácil asimilarlo porque tenemos lazos familiares con mucha gente de Israel, pero hay que seguir», señala Abaie.
Obediencia
Como cualquier judío religioso del mundo, Abaie preparó todo lo necesario el viernes para poder cumplir el Shabat de forma adecuada. No trabaja, no toca el fuego ni la electricidad, no compra, no vende, no conduce y en todo el día apenas camina lo justo para cubrir los cinco minutos que le separan de la sinagoga. Tampoco lleva nada en los bolsillos, así que los Shabatot deben ponerse la ‘kipa’ en casa y caminar hasta la sinagoga con ella puesta.
El régimen de los ayatolas se esfuerza por vender una imagen de igualdad y respeto hacia los judíos y, como muestra, permite a esta comunidad contar con un representante parlamentario, lo mismo que a zoroastrianos y cristianos. También organiza seminarios interreligiosos, autoriza la apertura de las sinagogas y permite que los judíos puedan celebrar todas sus fiestas de forma privada, pero para Arash Abaie muchas de estas medidas no son más que «propaganda de cara a Occidente».
Un respeto aparente
Los judíos de Teherán se juntan tres veces a orar durante los días de labor y dos veces el sábado, su día sagrado. Estos 27 años de régimen islámico han provocado que la comunidad se haya unido de forma especial, lo que ha conformado un grupo ortodoxo en el que se cumplen con rectitud el Shabat o la dieta ‘kosher’. «El gobierno habla de respeto a los judíos, pero si fuera cierto tendría que asumir nuestra relación con Israel, la Tierra Prometida, y reconocer el Holocausto», se lamenta Abaie.
En la sinagoga no se habla de política, eso supone la regla número uno, y las relaciones internacionales de la comunidad están muy controladas por las autoridades del país.
Israel financia el exilio y Estados Unidos ofrece asilo político a aquellos que pretendan abandonar el país, por lo que la tentación es grande, sobre todo entre los jóvenes. «Hemos protestado contra las series de televisión de producción nacional en las que se nos presenta como los malos, pero no hacen caso. Además, nuestros rabinos son representados como cerdos en los periódicos locales y nadie toma medidas», asegura.
TEXTO Y FOTO: MIKEL AYESTARÁN / TEHERÁN
«Hay que borrar a Israel del mapa». Con esta declaración de principios llegó el presidente Mahmoud Ahmadineyad al poder hace ya nueve meses. Esta amenaza, rescatada del baúl de los recuerdos del Imán Jomeini, no se ha cumplido por el momento, pero en Irán se han dado ciertos pasos para acentuar el enconamiento entre ambos países.
La celebración de un concurso de caricaturas sobre el Holocausto es el último escalón de la espiral de violencia entre los dos gigantes de Oriente Medio. En medio de la tormenta internacional, la comunidad de judíos de Irán vive con incertidumbre el día a día. Sus antepasados llegaron al país hace 2.700 años, antes que el Islam. Desde la revolución de 1979, sin embargo, su número ha ido descendiendo de manera vertiginosa y ahora quedan alrededor de 20.000 en todo el país, repartidos entre las ciudades Teherán, Isfahán y Shiraz. No obstante, antes de la caída del Shá eran 70.000.
Sinagogas
En Teherán hay una veintena de sinagogas. La principal es la del Bulevar Keshawarz, con una capacidad para acoger a 400 personas. Arash Abaie lleva quince años como encargado de la lectura de las sagradas escrituras en este centro y también dirige la revista ‘Bina’, que en hebreo significa «sabiduría» y en farsi «vidente». Nada desde la calle hace pensar que en el interior del edificio se encuentra un centro judío. No hay señales, carteles, ni policía custodiando su puerta.
Parece un portal más de Teherán, que permanece especialmente transitado la noche del viernes y los sábados, cuando los judíos celebran su día sagrado.
«La llegada del nuevo presidente no nos hace sentirnos cómodos. Declara que está contra los sionistas, no contra los judíos, pero esto no nos tranquiliza. Cada atentado nos duele, y ellos lo celebran y dedican murales a los suicidas palestinos en las mejores paredes de la ciudad. No es fácil asimilarlo porque tenemos lazos familiares con mucha gente de Israel, pero hay que seguir», señala Abaie.
Obediencia
Como cualquier judío religioso del mundo, Abaie preparó todo lo necesario el viernes para poder cumplir el Shabat de forma adecuada. No trabaja, no toca el fuego ni la electricidad, no compra, no vende, no conduce y en todo el día apenas camina lo justo para cubrir los cinco minutos que le separan de la sinagoga. Tampoco lleva nada en los bolsillos, así que los Shabatot deben ponerse la ‘kipa’ en casa y caminar hasta la sinagoga con ella puesta.
El régimen de los ayatolas se esfuerza por vender una imagen de igualdad y respeto hacia los judíos y, como muestra, permite a esta comunidad contar con un representante parlamentario, lo mismo que a zoroastrianos y cristianos. También organiza seminarios interreligiosos, autoriza la apertura de las sinagogas y permite que los judíos puedan celebrar todas sus fiestas de forma privada, pero para Arash Abaie muchas de estas medidas no son más que «propaganda de cara a Occidente».
Un respeto aparente
Los judíos de Teherán se juntan tres veces a orar durante los días de labor y dos veces el sábado, su día sagrado. Estos 27 años de régimen islámico han provocado que la comunidad se haya unido de forma especial, lo que ha conformado un grupo ortodoxo en el que se cumplen con rectitud el Shabat o la dieta ‘kosher’. «El gobierno habla de respeto a los judíos, pero si fuera cierto tendría que asumir nuestra relación con Israel, la Tierra Prometida, y reconocer el Holocausto», se lamenta Abaie.
En la sinagoga no se habla de política, eso supone la regla número uno, y las relaciones internacionales de la comunidad están muy controladas por las autoridades del país.
Israel financia el exilio y Estados Unidos ofrece asilo político a aquellos que pretendan abandonar el país, por lo que la tentación es grande, sobre todo entre los jóvenes. «Hemos protestado contra las series de televisión de producción nacional en las que se nos presenta como los malos, pero no hacen caso. Además, nuestros rabinos son representados como cerdos en los periódicos locales y nadie toma medidas», asegura.
TEXTO Y FOTO: MIKEL AYESTARÁN / TEHERÁN