«Aquí no nos quieren»
Tres ertzainas de la comisaría de Ondarroa, atacada por ETA, relatan sus vivencias en un feudo radical donde «con la mirada te dicen que sobras»
M. PÉREZ
| ONDARROA
Ésta es una historia de policías acosados. En concreto, de ertzainas y en Ondarroa. De ertzainas que patrullan este pueblo vizcaíno con el rabillo del ojo detenido en las bocacalles a la espera de una emboscada. De ertzainas a los que gritan «¡represores!». De er-tzainas que estos días trabajan en una comisaría a medio demoler por el efecto de la explosión de un coche bomba de ETA. En definitiva, es una vieja historia en Euskadi, donde guardias civiles y policías nacionales trabajan y han trabajado en condiciones de práctica semiclandestinidad durante décadas. Tres ertzainas relatan en estas líneas su experiencia en lo que denominan la «zona caliente»: Ondarroa -donde se ubica la base atacada-, Lekeitio y Markina, un feudo radical.
«No sé por qué, pero, en general, la gente no nos acepta. Bueno, en Markina más o menos sí; en Lekeitio, al cincuenta por ciento, aunque el ambiente se ha endurecido en los últimos tiempos. Pero en Ondarroa... ¡buff!», expresa el ertzaina Aitor, un seudónimo tan recurrente como el 'José' con el que antaño se ha protegido el anonimato de miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado en decenas de crónicas sobre la violencia en el País Vasco. El territorio «hostil», musita Aitor, tiene su propia mirada. «Es como si les repelieras; sin palabras te dicen que sobras».
«Para tomar café, en Ondarroa tenemos unos pocos bares donde la 'parroquia' es amable. Procuras no salir de ese circuito. Tienes que cubrirte las espaldas. Vas rotando para no repetir en el mismo dos días seguidos. A otros no te metes por seguridad o por el tipo de establecimiento. Si pertenece a alguien de la izquierda abertzale, te dices: 'A estos no les dejo yo mi dinero'».
El agente participa con tono tranquilo en una conversación que, fuera de Euskadi, parecería surrealista. Explica que, cuando sale a atender un accidente de tráfico de madrugada, no puede dejar de pensar en una emboscada de un comando terrorista. Que en los controles rutinarios de alcoholemia o tráfico a veces se pasa miedo a la intemperie de un arcén. Cuenta, sin sobresaltos, la ocasión en que casi le alcanzó un 'cóctel molotov' en una manifestación -«la izquierda aber-tzale viene a convocar unas seis ilegales por mes»- o aquella otra concentración en Lekeitio donde le apedreó un radical que se ocultaba detrás de una pareja de ancianos mientras los vecinos contemplaban el tumulto sentados con sus zuritos en los bancos de la calle.
«Aquel tío terminó dándome con una piedra en la cabeza y una señora que estaba cerca me gritó: 'Es que has venido a provocar'. Tú eres el malo allí, no quienes queman los contenedores y los cajeros. Sientes impotencia. Te repites: 'La próxima, tendré más cuidado'», relata Aitor, una de las pocas personas en una sociedad democrática que toma café en un bar vestido con una camiseta ignífuga debajo del jersey. Piensen en ello. En lo tremendo del gesto. En lo aterrador del hábito.
El río Artibai divide Ondarroa. Alguien dijo en una ocasión que su cauce se asemeja a una serpiente que culebrea entre los edificios. En cualquier otro lugar, la licencia poética sería un homenaje a la belleza. Hoy, a la vista de los restos de la comisaría de la Ertzaintza volada el pasado domingo con cien kilos de explosivo, la metáfora se antoja más bien una realidad trágica en esta población de 3,6 kilómetros cuadrados y apenas 9.000 habitantes, que ostenta el título de primera villa de Vizcaya. Eso sí, carece de Ayuntamiento formal. La Corporación la dirige una gestora formada por distintos partidos -y encabezada por el peneuvista Félix Aranbarri, al que han quemado dos coches-, debido al acoso radical que llevó a los concejales electos -salvo al del PP- a renunciar a sus actas.
La sensación crece a la vista de las pintadas de la izquierda radical, ésas que ocasionalmente reproducen el hacha y la serpiente, el anagrama etarra, o algunas de las respuestas que se obtienen al preguntar por dónde cae el cuartel. En dos ocasiones, los vecinos contestan con amabilidad. A la tercera, un hombre de unos cincuenta años, de camisa blanca semiabierta, recio como una caña, obvia dar cualquier indicación mientras dice con sorna: «Si quiere poner una denuncia, le van a tener que buscar el talonario en el container de los escombros».
Precisamente, en el vacío creado por los cascotes se queda absorta Miren durante esta soleada mañana de viernes. Observa a varios metros de distancia los boquetes causados por la onda expansiva en una fachada de la base y piensa que es un milagro que no haya habido víctimas mortales. Desde esta perspectiva, los inquilinos -que en breve se trasladarán al cuartel de Iurreta mientras el de Ondarroa es reconstruido- parecen atrincherados entre las ruinas de una guerra. Una comisaría reventada tiene un efecto no sólo visual, sino mental, moral, de fragilidad social. Justicia y Ley. Algo se ha roto.
Miren es la novia de un ertzaina con el que se casará en octubre y ha venido aprovechando que tiene la mañana libre. Sólo para observar. Para empaparse de hostilidad. De la cólera del escombro. Para palpar la animadversión que una parte de la sociedad vasca siente hacia su futuro consorte. Algo que no entiende. «Los atentados son siempre asesinatos cobardes, pero sostener que matar vascos es defender Euskal Herria añade un punto de cinismo, de hipocresía». Su voto nupcial consistirá en «pedir que nunca más ocurran estas atrocidades», mientras admite que le esperan «muchas noches en blanco».
«Somos la novia que menos se quiere. Creo que hasta por parte del PNV. Nos sentimos abandonados a nuestra suerte; o mejor, dicho, a nuestra buena suerte», sostiene Jon, nombre supuesto de otro agente de la base, refiriéndose al atentado del pasado domingo. Él es un superviviente. Hace años, Jon sobrevivió en Rentería a una bomba trampa. Cuando termina su turno, siempre se agacha «debajo del coche para ver si hay un 'gato pequeño' (bomba lapa). Luego, arranco y me olvido de todo. Si pensáramos que en cualquier instante nos pueden quemar, sería imposible trabajar en este lugar».
También Josu, el tercer ertzaina de esta historia, conoce lo que es que el tiempo se pare. La saliva solidificándose de terror. Durante una ronda, unos encapuchados lanzaron un 'cóctel' debajo de su patrullero. El artefacto no explotó. Él siguió respirando. «Todos los días salimos a la calle con respeto. Sabes que te la pueden preparar en un instante. Una vez encontré unos contenedores de basura cruzados y, cuando bajé a retirarlos, apareció desde una esquina un grupo de chavales a apedrearme. No tendrían más de 15 años. También hay ocasiones en que estás identificando a alguien en una acera y, en seguida, oyes desde una ventana: '¡Represor! No es un trato agradable, aunque, eso sí, los vecinos más abertzales demandan poco nuestros servicios».
El silencio de las familias
A la mayoría de los funcionarios destinados en esta comisaría (un número indeterminado, pues en esta historia se ha evitado cualquier dato que identifique a sus protagonistas o vulnere su seguridad), el ataque no les ha causado «sorpresa». «La comisaría está al lado de la variante y de una calle, en un lugar alejado, ideal para los etarras. Hace un año ya nos arrojaron unos 'cócteles molotov'. Trabajamos en una zona caliente. Quienes peor lo pasan son los compañeros con hijos. Si sucede algo, dejan esposa y niños».
Paradójicamente, varios ertzainas son oriundos o viven en la comarca, «gente con arraigo» en palabras de Jon. Por eso, en su opinión, resulta más «lamentable» que la concentración celebrada el pasado lunes en la villa para condenar el atentado reuniera sólamente a 250 personas. «Te da que pensar», apunta el agente, «porque vecinos en Ondarroa hay muchos y ciudadanos afectados los cuentas a cientos. Incluso entre ellos hay algunos que cuelgan en sus ventanas el cartel a favor de los presos, aunque esos callan».
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